Mirada de Shabat
Parashá Noaj · 6 de Jeshván 5787
¿Quién le dirá que el diluvio terminó?
Una selva en una pequeña isla de Filipinas, 1944.
Un joven oficial japonés recibe una última orden de su comandante:
resistir. No rendirse. No quitarse la vida.
—Tal vez tome tres años, tal vez cinco –le dice el comandante–.
Pero volveremos a buscarte.
Un año después la guerra termina.
Unos aviones lanzan volantes sobre la selva:
la guerra terminó.
Él los lee, los revisa y encuentra errores.
Falsificación, decide.
Una trampa del enemigo.
Unos años más tarde caen del cielo cartas y fotos de su familia.
Una trampa.
Su hermano llega a la isla y lo llama con un altavoz.
Una trampa.
Cada prueba nueva solo refuerza la sospecha.
Y él se queda, peleando una guerra que ya no existe.
Y una guerra así también se cobra un precio en otros:
en esos años, él y sus hombres mataron a unos treinta habitantes de la isla.
En la parashá Noaj, la lluvia se detiene.
Noaj abre una ventana, envía un cuervo, envía una paloma.
La paloma vuelve con una hoja de olivo en el pico.
Y entonces:
«Y quitó Noaj la cubierta del arca
y miró, y he aquí que la faz de la tierra se había secado».
Lo ve: la tierra está seca.
Y no sale.
Pasan casi dos meses, hasta que Dios le dice:
«Sal del arca».
En el Midrash, Noaj explica:
«Así como no entré sino con permiso,
no salgo sino con permiso».
Y en el versículo siguiente, sobre los animales del arca,
la palabra está escrita en la Torá de una forma que significa «hazlos salir».
Y Rashi explica:
«Si no quieren salir, sácalos tú».
La Torá sabe que hay quien se queda en el arca
aun después de que la tierra ya se secó.
Y en la selva, casi treinta años después del fin de la guerra,
alguien todavía espera una orden.
En febrero de 1974 llega a la isla un joven viajero japonés y encuentra a Onoda.
Hablan.
El oficial escucha, y no sale.
—Saldré solo si mi comandante me lo dice.
El viajero vuelve a Japón y encuentra al comandante,
que mientras tanto se había hecho vendedor de libros.
El 9 de marzo de 1974 el comandante viaja a la isla,
se para frente a su oficial
y le lee una orden: dejar de pelear.
Hiroo Onoda, de cincuenta y un años,
baja el fusil y sale de la selva.
Veintinueve años.
Ni los volantes.
Ni las cartas.
Ni su hermano.
Solo la voz que lo había mandado adentro.
Hay diluvios que terminan afuera y siguen adentro.
El mundo sigue adelante
pero nosotros seguimos fieles a los miedos
que nos acompañaron durante la tormenta,
a veces a costa de quienes están a nuestro lado.
Aun cuando la realidad ya cambió
seguimos esperando que alguien nos confirme
que podemos dejar de tener miedo.
¿Quién tiene que decirte que tu diluvio terminó?

Shabat shalom.
Ojalá sepamos ver que la tierra ya está seca
y salir.
Efraim Atia
