Así sucedió
Motzaei Shabat Bereshit · 29 de Tishrei 5787 · un minuto
El niño que no tenía miedo

Israel era un niño huérfano. Más adelante lo conocerían como el Baal Shem Tov, pero entonces era solo un niño pequeño que entraba al bosque, como todos los días.
Esta vez oyó una voz.
Alguien, a lo lejos, entre los árboles. No era un canto ni un llanto. Algo intermedio, como quien habla con otra persona que está justo a su lado.
Fue tras la voz.
En un pequeño claro había un judío desconocido, uno de los justos ocultos, esos de quienes nadie sabe quiénes son. Estaba envuelto en un talit, con los tefilín en la cabeza, rezando. Israel veía rezar a los judíos todos los días, pero un rezo así, nunca. Rezaba todo el cuerpo, no solo la boca.
El niño se quedó detrás de un árbol, sin moverse.
Cuando terminó la oración, el justo se dio la vuelta, como si hubiera sabido todo el tiempo que estaba ahí.
—Un niño solo en el bosque —dijo—. ¿No tienes miedo?
—No.
—¿Ni de los animales? ¿Ni de la noche?
—No.
El justo lo miró largo rato.
—¿Por qué?
Israel pensó un momento. Y respondió con la voz de quien entrega algo que le fue confiado:
«Mi papá me dijo, antes de morir: no temas a nada, solo a Dios».
PensamientoSu padre le dijo una sola frase, sin saber si el niño la entendería. El niño la recordó.
