El puente que asusta a la cabeza

Un joven guerrero estaba parado frente a un puente colgante. Viejo. Desvencijado.
Tendido sobre un abismo de “quizás”.
Miró hacia abajo. El viento silbaba, las sogas crujían — y en la cabeza ya empezaban los guiones.
Qué pasa si se corta la soga. Qué pasa si el viento me tira. Qué pasa si el pie resbala.
Cien miedos en un minuto. Las piernas temblaron, y después se congelaron.
El anciano de la aldea pasaba por el camino, se detuvo a su lado, y miró exactamente hacia el mismo lugar.
“¿Qué ves?”, preguntó.
“Un abismo”, dijo el guerrero. “Veo una caída”.
El anciano asintió despacio, como quien ya escuchó esa respuesta muchas veces.
“Tu problema no es el puente”, dijo. “Tampoco el abismo. Tu problema es que intentas cruzarlo con la cabeza — todo de una vez”.
El guerrero calló.
“¿Y las piernas?”
El guerrero miró sus propios pies.
“Las piernas saben una sola cosa”, dijo lentamente. “Un paso”.
“Entonces deja que ellas guíen”.
“¿Y si el puente se sacude?”
“Cuando se sacuda — te sacudirás con él. Pero ahora mismo está firme”.
No luches contra un viento que todavía no sopló.
El guerrero cerró los ojos. Una respiración.
Y entonces — un paso.
No miró al otro lado. Ni al abismo. Solo al lugar donde aterrizaba el pie.
Un paso. Y otro paso.
Y cada vez que el pensamiento se escapaba hacia “qué va a pasar si”, él lo devolvía al pie sobre la soga.
Cuando llegó al otro lado se dio vuelta y miró hacia atrás.
El puente todavía se sacudía un poco.
Pero nunca se cortó.
Y cuántas veces estamos parados exactamente ahí.
La cabeza ya corre al final del problema. Al final de la semana. Al final de la historia. Intentando cruzar todo el puente de una sola vez.
Pero la vida no se mide en kilómetros — sino en pasos.
Un pie. Y otro pie.
Las piernas cruzan puentes que a la cabeza le dan miedo.
Que merezcamos recordar que en el momento del miedo no hace falta todo el camino — hace falta solo el próximo paso.
Con cariño,
Efraim Atia 👁️
