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Parábolas

Dos minutos a oscuras

Las vías de un tren fantasma a oscuras, luz roja al fondo del túnel, trapos morados colgando del techo y, en el piso, una kipá negra iluminada por el haz de una linterna

Cuatro amigos en un parque de diversiones. Luces, ruido, música.

Y al fondo, un juego con un enorme cartel rojo: el tren fantasma.

Desde afuera solo se ve un carrito que se pierde en un túnel. Se oyen gritos. La gente sale pálida, con una risa nerviosa.

Compran la entrada.

El carrito entra en una oscuridad total. Gritos grabados, figuras que saltan de las paredes, una luz roja que parpadea. Y algo blando y asqueroso les roza la cara, desde arriba.

Gritan, se agarran unos de otros. Están seguros de que es real.

Y de pronto, la luz del día. Salen temblando y riéndose.

Uno de ellos se lleva la mano a la cabeza.

La kipá.

Se le cayó ahí, adentro.

Se acerca al encargado del juego. El encargado mira el reloj.

—Tienes dos minutos hasta la próxima vuelta. —Saca del cajón una linterna pequeña—. Toma. Corre.

El muchacho entra en el recorrido, esta vez a pie, con la linterna en la mano.

El mismo camino. Las mismas curvas. Pero ahora ve.

El demonio que saltaba de la pared es un muñeco de goma sobre un resorte oxidado. Los ojos rojos son dos foquitos. Y lo que les rozó la cara es un montón de trapos colgados de un hilo del techo. De un morado desteñido.

Levanta la kipá, sigue hasta el final y sale.

Sus amigos no entendieron por qué sonreía.

A oscuras eran demonios. Con linterna, trapos.

Yo también me imagino cosas que me dan miedo antes de revisar qué me espera de verdad. Una conversación que temo. Un paso que me asusta dar. Un fracaso que todavía no pasó.

En la oscuridad, la imaginación hace casi todo el trabajo.

Entonces enciendo una linterna pequeña: escribo en un papel qué es exactamente lo que me da miedo, y le pregunto a alguien que ya pasó por ahí.

Una pregunta para el camino

¿Qué sé con certeza, y qué solo temo que pase?

Creo en ti,
Rabino Efraim Atia

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