La vela en el frasco

Se cuenta de Rabí Yosef Yoizel Horowitz, el Saba de Novardok, que pasó mucho tiempo apartado en una pequeña cabaña de madera en medio del bosque. Estudiaba, rezaba, trabajaba sobre sí mismo. La comida se la pasaban por una ventanita. Fuera de eso, casi no veía a nadie.
Una noche, en pleno invierno, estudiaba Guemará a la luz de la última vela que le quedaba.
La vela empezó a parpadear. La llama se hizo pequeña, azul, y se apagó.
Oscuridad total.
No tenía otra vela. Faltaban todavía horas para el amanecer.
No se levantó. No buscó a tientas. Se quedó sentado frente al libro que ya no veía.
Si Dios quiere que estudie ahora, pensó, sabe dónde estoy.
Pasaron unos minutos. Tal vez más.
Entonces la puerta crujió. Una ráfaga de frío. Alguien entró, dejó sobre la mesa una vela encendida y salió sin decir palabra.
¿Quién era ese hombre? No lo preguntó. Cuando sus alumnos lo contaron después, dijeron que había sido un milagro. Él lo llamaba solo «aquella vela».
La luz volvió a la página, y el Saba siguió desde la misma palabra en la que se había detenido.
El resto de aquella vela lo guardó durante años en un frasco. Para recordar.
Años después hubo un incendio. El frasco estalló y la vela se derritió en el fuego.
Sus alumnos se lamentaron. Sabían cuánto quería él esa vela.
Él sonrió.
—No se lamenten. Desde el cielo me mostraron que ya no necesito una vela para recordar.
Yo también conozco esa necesidad de guardar momentos que fortalecen. Una frase, una clase, un rezo en el que me sentí cerca de Dios.
Quiero volver a ellos en los momentos en que me olvide de lo que sentí.
Pero llega un día en que el frasco se rompe. La clase se olvida, la emoción pasa, y aquel momento ya queda lejos.
Y justo entonces se puede revisar no lo que guardé, sino lo que se volvió mío.
¿Qué ya se volvió mío, incluso sin ningún recordatorio?
Creo en ti,
Rabino Efraim Atia
