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De mi diario

El chico del avioncito

Un maestro de espaldas a la cámara, con la mano en la frente, frente a un aula llena de chicos con las manos levantadas a la luz de la ventana; en el aire, hacia él, vuela un avión de papel

Ningún maestro aceptaba entrar a esa aula.

Un aula de educación especial. En la sala de profesores ya la llamaban: “campo de batalla.”

Ningún maestro que entraba ahí aguantaba. El último simplemente se levantó a mitad de año y no volvió.

Entonces llegó un candidato nuevo.

El director le dijo: “Entra a una clase de prueba.”

Entró al aula. Antes de que empezara a hablar —

Crrrrrec.

Un chico se hamacaba con la silla. La silla volvió a arrastrarse por el piso.

Intentó seguir hablando. Pero otra vez se escuchó ese chirrido.

La vena de la frente le empezó a latir.

Toda la clase lo miraba. Esperaban ver cuándo llegaría la explosión.

Por un momento, ya estaba por llamarle la atención al chico.

Pero se le acercó y le preguntó en voz baja:

“¿Quizás la silla no te resulta cómoda? Vamos a cambiarla.”

El chico se calló. Por un momento.

Y el maestro volvió a enseñar.

Pero de pronto — algo le pegó en la mejilla.

Un avión de papel.

Toda la clase explotó de risa. Hasta el chico del fondo golpeaba el banco de tanto reírse.

El que había tirado el avión estaba sentado con una sonrisa de oreja a oreja. Como esperando ver qué haría el maestro ahora.

Y por un segundo, el maestro quiso sacarlo del aula. Sintió cómo todo el cuerpo se le tensaba de los nervios.

Por un segundo, ya se imaginaba a sí mismo gritándole delante de todos.

Pero tragó saliva. Apenas.

Entonces se agachó, levantó el avión del piso, sonrió, y dijo:

“Por lo menos acá hay alguien que sabe apuntar bien.”

El silencio que cayó ahí fue más fuerte que toda la risa de un momento antes.

Al final de la clase, el director le pidió que se quedara un momento.

El maestro estaba seguro de que había fracasado. Las manos todavía le temblaban de los nervios.

Y entonces el director sonrió.

“Estás contratado.”

Cuando salió, les dio las gracias a todos los alumnos. Pero un gracias especial — al chico que le había tirado el avión.

Desde entonces, ya no mira igual a los aviones de papel.

Con cariño,
Efraim Atia