Una lección sobre cordones

El rabino Meir Avtzon entró un día al aula, y les enseñó a los niños un detalle pequeño: cómo ponerse los zapatos.
Primero se pone el derecho. Pero al atar, se ata primero el izquierdo.
A un padre no le gustó. Un hombre rico e influyente en la comunidad, que quería que su hijo aprendiera cosas que le sirvieran en la vida. No lecciones sobre cómo atarse los zapatos.
Se quejó. Exigió que despidieran al maestro.
Y el rabino Meir perdió su trabajo.
En Rusia, había enseñado Torá a niños. Por eso lo mandaron siete años a un campo de trabajo. Logró salir de allí, y después pasó más años en campos de desplazados en Europa, hasta que por fin llegó a América y empezó de nuevo.
Y entonces también allí, en la tierra de la libertad, perdió su trabajo. Por una lección sobre cordones.
Pasaron los años.
Un día alguien llamó a la puerta de su casa. El rabino Meir abrió. Frente a él había un hombre bien vestido.
“Vine a pedir perdón,” dijo.
El rabino Meir lo miró. El hombre había sido uno de los niños de su clase. El hijo de aquel padre que causó su despido.
Y entonces el hombre le contó por qué había venido.
Con los años se había alejado. Hasta que empezó a pensar en cortar del todo con el judaísmo.
Pero esa mañana, cuando se agachó a atarse los zapatos, algo lo detuvo.
Primero se pone el derecho. Pero el izquierdo se ata primero.
Habían pasado veinte años. Y aquella pequeña lección seguía ahí.
No en un libro. No en un cuaderno. Ni siquiera en una clase que recordara.
En sus manos. A través del cordón de un zapato.
Con cariño,
Efraim Atia
