El pañuelo dorado

Iba sentado en el tren. El traqueteo de las ruedas sobre las vías, un silbido agudo que cortaba el silencio. Los pasajeros a mi alrededor, absortos en un diario, en el teléfono, o en sí mismos.
Pero algo llamó mi atención. Roni, el chico sentado a mi lado, estaba muy callado. Sus manos temblaban sin parar.
Después de unos minutos, Roni notó mi mirada. Una sonrisa vacilante, casi de disculpa. “Seguro te preguntas por qué estoy así,” dijo.
Asentí en silencio. Él se recostó hacia atrás, tomó un respiro profundo, y calló un momento más antes de hablar.
“Estuve tres años en la cárcel,” dijo. “Robé una suma pequeña. Un momento de debilidad.”
Se le quebró la voz. Esperó un momento antes de continuar. “Pero la vergüenza — la vergüenza cayó sobre mi madre. Vi cómo se apagaba la luz en sus ojos. Dejó de ir al mercado, y se encerraba en casa temprano.”
“Le escribí una carta desde la cárcel. Le pedí perdón. Le escribí: mamá, si quieres que vuelva, cuelga en la estación un pañuelo dorado. Una señal pequeña. Y si no… sigo en el tren. No vuelvo jamás.”
Sus palabras se me clavaron. Sin darme cuenta, yo también pegué la cara a la ventana. Los dos nos quedamos callados.
Estación tras estación fue pasando. Roni susurró: “Ya casi llego a casa.” Su corazón, y también el mío, latía con fuerza.
El tren fue frenando. La estación apareció tras la ventana, y por un instante no estuve seguro de lo que veía.
Algo dorado se movía con el viento. Y otro más. Y otro más. Toda la estación estaba cubierta de pañuelos dorados, cientos de pañuelos ondeando.
Un solo grito enorme: ¡Vuelve!
Y en el medio estaba una madre. Sus ojos brillaban de lágrimas, sus brazos abiertos hacia su hijo. Y en su cuello — un pañuelo dorado.
Esa imagen no me abandonó. No los pañuelos. No la estación. Sino la idea de que Roni viajó todo el camino sin saber si alguien lo esperaba.
Porque cuántas veces también nosotros viajamos así — sentados en el tren, las semanas van pasando, y el corazón pegado a la ventana. Esperando una señal. Algo que diga: todavía me esperan.
Después de todo lo que pasamos este año, es fácil creer que ya es tarde. Que no hay vuelta atrás.
Y eso es Elul. El tren en el que todos viajamos ahora, sin saber qué es lo que todavía no vimos.
El tren va frenando. Miramos hacia afuera.
Buscábamos un solo pañuelo que nos dijera que volviéramos. Y no sabíamos que toda la estación nos está esperando.
Con cariño,
Efraim Atia
