No quería volver a casa

Cuando le preguntaban a Elad dónde hacía los deberes, siempre respondía: “En la biblioteca.”
Nadie sabía que no le gustaban los libros.
Simplemente tenía miedo de volver a casa.
En general se quedaba ahí hasta que oscurecía. A veces una hora. A veces tres.
Lo importante era no abrir la puerta demasiado temprano.
Porque en su casa, no siempre sabías qué te esperaba.
Una noche, su hermano menor, Ido, estaba sentado en un rincón.
Desde la cocina se escuchó otro grito. Después, el ruido de un plato rompiéndose.
Elad se sentó a su lado. “Ido, vamos a la biblioteca.”
Los chicos no se asustaron. Ya conocían esos ruidos.
Mamá ya no estaba.
¿Y papá? Los chicos ya sabían, por los pasos en la escalera, en qué estado volvía papá a casa.
Había noches en que esperaban a que se durmiera, y recién entonces salían del cuarto.
Y había mañanas en que la casa estaba en silencio, y ninguno quería ser el primero en hablar.
Elad se escapaba al silencio de la biblioteca. Ido se escapaba a la calle.
Pasaron los años. Pero hubo cosas que se quedaron a vivir adentro.
Un día, los invitaron a los dos a un programa de radio.
El entrevistador miró a Ido. Se lo veía cansado.
“Dime, ¿cómo llegaste al lugar donde estás hoy?”
Ido calló un momento. Y después dijo:
“No tenía otra posibilidad. Mi papá era alcohólico. Eso es lo que vi toda mi vida.”
El entrevistador asintió. Y se volvió hacia Elad.
El traje impecable. La voz tranquila.
“¿Y tú? ¿Cómo llegaste al lugar donde estás?”
Elad sonrió. Una sonrisa pequeña. Y dijo:
“Yo también crecí con el mismo papá. Solo que me llevé de ahí otra cosa.”
El entrevistador se quedó callado. Y después preguntó:
“¿Estás enojado con tu papá?”
Elad bajó los ojos. Unos segundos. El estudio quedó en silencio.
Y entonces dijo:
“Pasé más años esperando que fuera mi papá, que enojado con él.”
Con cariño,
Efraim Atia
