Un corazón hecho de billetes de tiempo

Siete de la mañana.
Salgo del cuarto medio dormido, y escucho un crujido desde el living.
Entro — y me quedo clavado en el lugar.
Jani, mi hija, de cinco años, sentada en pijama, el pelo un poco revuelto, los ojos brillantes, y en la mano una tijerita.
Sobre la mesa, un billete azul de 200 y un billete rojo de 20.
Los recorta despacio, pedacito a pedacito, y los pega con plasticola.
El cerebro grita por dentro: “Detenla ahora. Con esa plata compras leche, comida, ropa, todo lo que ella necesita.”
La mano casi se levanta, pero algo la frena.
Me quedo parado. Solo mirando.
Y entonces ella levanta los ojos hacia mí. Sin miedo, sin pedir perdón.
Sostiene con cuidado lo que salió de los billetes, y me lo extiende.
Sobre la mesa hay un corazón hecho de pedacitos de billetes, azul y rojo cosidos con plasticola.
“Papá, te hice un regalo.”
Por un momento no tengo palabras.
Para mí eran 220 shékels. Una línea en la billetera, una cuenta del supermercado.
Para ella eran papeles de colores, materia prima para alegrar a papá.
Ella no rompió dinero.
Ella construyó un corazón.
Con cariño,
Efraim Atia
