Cincuenta-cincuenta

El 26 de septiembre de 1983, poco después de la medianoche. En un búnker al sur de Moscú, el teniente coronel Stanislav Petrov está sentado frente a las pantallas.
Y entonces suena la sirena.
En la pantalla aparece una palabra: Lanzamiento. Un misil desde Estados Unidos, en camino hacia la Unión Soviética.
Y después otro. Y otro más. Cinco.
El sistema es nuevo y reporta: nivel de confiabilidad muy alto.
Según el protocolo, Petrov debe levantar el teléfono e informar a sus superiores. Desde allí, en minutos, puede salir la orden de un contraataque nuclear.
Pero algo no le cuadra. Quien inicia una guerra nuclear no envía cinco misiles. Envía cientos. Y el radar de tierra no ve nada.
Contó después: «Pensé que las probabilidades eran cincuenta-cincuenta. Pero no quería ser el que empezara la Tercera Guerra Mundial».
Levanta el teléfono e informa: falla del sistema.
Y espera.
Veintitrés minutos. No pasa nada.
Más tarde se supo qué había pasado: el satélite confundió con las llamas de un lanzamiento la luz del sol reflejada en nubes altas, en un ángulo poco común.
A la mañana siguiente el mundo se levantó como siempre.
Petrov no recibió una medalla. Recibió una reprimenda: no había llenado correctamente el registro esa noche. Un año después se retiró del ejército.
Se fue a vivir a un departamento pequeño cerca de Moscú. Cuidó a su esposa enferma. Cultivó papas en el jardín, para tener qué comer.
Pasaron quince años hasta que su historia empezó a salir a la luz.
El 19 de mayo de 2017, Stanislav Petrov murió.
El mundo se enteró solo cuatro meses después, cuando un conocido de Alemania llamó para felicitarlo por su cumpleaños. Su hijo atendió el teléfono.
Aquella noche esperó veintitrés minutos, y el mundo no lo supo.
Cuando murió, pasaron cuatro meses antes de que el mundo se diera cuenta.
Petrov recibió una reprimenda por el registro. En el registro no hay una línea para lo que no pasó.
Nosotros también tenemos un registro así. Lo que hicimos queda anotado y se ve. Lo que evitamos se queda sin testigos: la palabra que no se dijo con enojo, la caída que no pasó esta noche. Nadie lo cuenta. Casi nunca, ni siquiera nosotros.
Por eso escribo en mi propio registro también esta línea:
¿Qué detuve hoy que nadie vio?
Creo en ti,
Rabino Efraim Atia
