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Parábolas

El rey ve el corazón

Un jarrón de barro viejo y agrietado con dos asas, sobre una mesa de madera áspera en un mercado a la luz del atardecer; a su lado, unas monedas de oro y una bolsita de tela; en el fondo, un callejón de piedra y puestos desenfocados

Meir era pobre. Pero en su corazón vivía una esperanza. Pequeña, pero terca.

Cada mañana se levantaba temprano, salía a trabajar, y soñaba con traer un poco de belleza a su casa.

Poco a poco juntó moneda tras moneda. Y cuando por fin lo logró, salió al mercado a comprar un jarrón.

Pero cuando llegó, ya no quedaba lo que quería.

El vendedor lo miró con una sonrisa, y dijo: “Me queda un jarrón viejo. Llévalo a bajo precio.”

Meir lo llevó con alegría.

En el camino se encontró con su vecino. Miró el jarrón, y se rió.

“¿Quién va a mirar algo así? Dáselo al rey.”

Pero Meir no escuchó una burla. Escuchó una oportunidad.

“¿Alegrar al rey?”, se dijo en el corazón. “Eso es un privilegio.”

Fue al palacio. Los guardias se rieron.

Pero el rey escuchó que había un judío que venía a entregarle un regalo.

El rey pensó: “Si un hombre pobre me trae un regalo — cuánto corazón hay en eso.”

Y ordenó entregarle una bolsa llena de monedas de oro.

Meir volvió a casa, no solo con riqueza. Sino con un corazón lleno de alegría.

El vecino, que escuchó lo que había pasado, pensó: “Si un jarrón viejo le valió oro, ¿qué pasará si yo traigo un jarrón espléndido?”

Vendió sus bienes, compró un jarrón carísimo, y llegó ante el rey.

El rey sonrió, y dijo: “Quien trae un regalo tan caro, evidentemente no le falta nada.”

Y ordenó devolverle el jarrón viejo de Meir.

El vecino se quedó atónito.

Y entonces entendió.

El rey no miraba el jarrón. Miraba el corazón.

Meir vino a dar. El vecino vino a recibir.

Con cariño,
Efraim Atia