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Historias de tzadikim

Dónde empezó esta historia

Un estudio antiguo con estanterías de libros encuadernados en cuero, una lámpara de aceite encendida sobre una mesa de madera con un libro abierto, y una puerta entreabierta hacia un patio al anochecer con un caballo

No lloró en el consultorio. Tampoco en el camino de vuelta.

Todo el viaje aguantó las lágrimas.

Lloró recién cuando llegó a casa.

Diecisiete años. Ese es el tiempo que esperó un hijo.

Diecisiete años de plegarias. De espera. De desilusiones.

Al final viajó hasta Viena. Al médico considerado el mejor de Europa.

Esperaba escuchar una buena noticia. Algo. Una pequeña esperanza.

Pero el médico la miró y dijo:

«No esperes hijos».

No preguntó nada.

Todo el camino de vuelta, esa frase no la soltó. «No esperes hijos».

Y se contuvo. Y cuando llegó a casa, ya no le quedaban fuerzas.

Quería llorar. Pero en la casa estaba sentado su padre. Sumergido en el estudio.

Se quedó parada en la entrada. Y no entró. ¿Cómo interrumpirlo?

Entonces se dio vuelta. Y salió afuera. Hasta llegar detrás del establo de los caballos.

Y ahí, detrás del establo, ya no pudo contener las lágrimas.

Y lloró. Lloró los diecisiete años enteros.

En ese momento pasó por ahí su padre. Escuchó el llanto. Y se acercó.

—Hija mía, ¿por qué lloras?

Levantó los ojos hacia él.

—Papá, ¿acaso no lo sabes?

El padre calló. Y después preguntó:

—¿Pero por qué aquí?

Bajó los ojos. Y dijo:

«No quería interrumpir tu estudio».

Rabí Shlomo Eliashiv, el autor del «Leshem», la miró unos instantes.

Y entonces dijo:

«Quien honra así la Torá – tendrá un hijo. Un hijo que iluminará los ojos de Israel».

Un año después nació un niño. Lo llamaron: Iosef Shalom.

Con los años: Rabí Iosef Shalom Eliashiv, de bendita memoria.

Y solo ella sabía dónde había empezado esta historia.

Creo en ti,
Rabino Efraim Atia

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