El pez que trajo la lluvia

Rav, uno de los grandes sabios de la Guemará, llegó a una ciudad y la encontró en plena sequía.
Decretó un ayuno. Toda la ciudad ayunó. Todos vinieron a rezar.
Y la lluvia no llegó.
Pasó a dirigir el rezo un hombre del lugar.
Dijo «Mashiv harúaj», «el que hace soplar el viento», y afuera sopló el viento.
Dijo «Morid haguéshem», «el que hace caer la lluvia», y una gota cayó sobre el techo. Y otra. Y otra.
Después del rezo, Rav se le acercó y le preguntó:
—¿Cuáles son tus obras?
—Enseño a niños pequeños —dijo el hombre—. A los hijos de los pobres les enseño igual que a los hijos de los ricos. Y al que no puede pagar, no le cobro nada.
Y agregó:
—Tengo un pequeño estanque con peces. Cuando hay un niño que no quiere estudiar, le doy un pez. Lo soborno. Lo convenzo, hasta que se anima y viene a estudiar.
Toda la ciudad ayunó para que lloviera. Y él le dio un pez a un niño.
Las fiestas terminaron. Anoche, en Israel, empezamos a pedir lluvia en el rezo.
Cuando pienso en alguien cuyo rezo es respondido, busco algo extraordinario. Una gran obra, un rezo especial, algo imposible de pasar por alto.
Pero este maestro simplemente enseñaba, día tras día.
Y lo que yo hago cada día ya me parece algo obvio.
¿Qué hago cada día que ya dejé de valorar?
Creo en ti,
Rabino Efraim Atia
