¿Quién va a atender la tienda?

Jerusalén, el barrio de Beit Israel. Una pequeña tienda de comestibles.
Detrás del mostrador hay un muchacho de catorce años. Pesa azúcar, cuenta el cambio, atiende a los clientes.
Hasta hace unas semanas estudiaba en la ieshivá Porat Yosef. Pero en casa el dinero no alcanza, y su padre no puede con la tienda solo.
Así que el hijo pasó a estar a su lado.
En la ieshivá, su lugar en el banco quedó vacío.
Un día entra a la tienda Rabí Ezra Atia, el director de la ieshivá.
El padre sabe a qué viene, y se le adelanta:
—Rabino, lo entiendo. Pero solo no puedo. Lo necesito aquí.
El muchacho espera. Ya conoce estas conversaciones. Los adultos hablan, se entienden entre ellos, y al final él se queda detrás del mostrador.
Rabí Ezra no discute.
Mira el mostrador, la balanza, las bolsas de azúcar.
—Si hace falta alguien en la tienda —dice—, yo vendré a atender aquí.
El padre no está seguro de haber oído bien.
—Él vuelve a estudiar, y yo me quedo en su lugar. Que yo deje de estudiar es una pérdida menor que si deja él.
El padre cedió. El muchacho volvió al banco.
Aquel muchacho era el rabino Ovadia Yosef.
Rabí Ezra Atia era un pariente lejano mío.
Varias personas me dijeron alguna vez «tienes algo especial». La mayoría lo decía en serio. Pero una frase así no le cuesta nada a quien la dice.
Rabí Ezra no le dijo al muchacho que tenía algo especial. Tampoco intentó convencer al padre de que la Torá importa más que el sustento. Tomó el problema del padre sobre sí, y estuvo dispuesto a pagarlo con sus propias horas de estudio.
Creer en una persona se vuelve real cuando me cuesta algo.
Y a veces yo estoy del otro lado del mostrador. Veo a alguien que lucha con la presión de la casa y del sustento, y me digo que no es asunto mío.
Esta semana empieza el semestre de invierno en las ieshivot. En cada sala de estudio hay ahora un lugar que quedó vacío.
¿Qué puedo dar para que alguien vuelva a su lugar?
Creo en ti,
Rabino Efraim Atia
