La carpa del jardinero

Cada año, durante siete días, el rey salía del palacio y se mudaba a la carpa del jardinero.
Una carpa al fondo del jardín. Una tela gruesa sobre cuatro palos, una mesa, una cama angosta y una entrada sin puerta.
Los ministros estaban seguros de que era una prueba. Año tras año se esforzaron. Nadie falló, y nadie entendió.
Aquel año, el rey llevó consigo a su hijo, un príncipe de doce años.
Hasta entonces nunca había salido del palacio de noche. Sobre su cama había un techo pintado de azul profundo, con estrellas de oro. Los mejores pintores del reino habían trabajado en él un año entero. Cada noche se acostaba debajo y las contaba.
La primera noche en la carpa no durmió. La tela temblaba con el viento, y por la entrada se colaba el frío.
—¿Por qué estamos aquí? —preguntó—. Tenemos casa.
El rey no respondió.
La segunda noche oyó el jardín. No sabía que el jardín tenía voz. Hojas, agua en el canal, un pájaro que no se había dormido.
La tercera noche se acostó boca arriba. Por una rendija en la tela, vio una estrella.
Después, otra.
Y después, cuando los ojos se acostumbraron, más de las que se podían contar.
Pequeñas, pálidas, temblorosas. No se parecían en nada a las suyas.
Desde esa noche no volvió a preguntar por qué estaban en la carpa.
El séptimo día doblaron la tela y volvieron al palacio.
Esa noche el príncipe se acostó en su cama y levantó la vista.
Las estrellas de oro estaban en su lugar, como siempre. Hermosas. Ordenadas. Sabía de memoria cuántas eran.
Esta vez no las contó.
Solo en la carpa había visto el cielo.
Creo en ti,
Rabino Efraim Atia
