Una parte del Mundo Venidero

La víspera de Sucot, Berdichev necesitaba a un judío.
No por quién era, sino por lo que llevaba en la bolsa.
Un etrog.
El único de la ciudad.
Los enviados salieron por todos los caminos y volvieron con las manos vacías.
Entonces llegó un rumor: en la posada del extremo de la ciudad pasaba la noche un viajero, de camino a su casa. Y tenía un etrog.
Corrieron a buscarlo.
Le pidieron que se quedara para la fiesta. Una ciudad entera diría la bendición sobre su etrog.
El viajero se negó. Su familia lo esperaba. Quería sentarse en su propia sucá, en su casa. No había venido a Berdichev, solo estaba de paso.
Lo llevaron ante Rabí Leví Itzjak.
El Rebe se lo pidió. Se negó.
El Rebe le ofreció dinero. Se negó.
Entonces el Rebe le dijo:
—Quédate, y te doy una parte de mi Mundo Venidero.
A eso no se negó.
La noche de la fiesta.
El viajero sale de la posada a buscar una sucá donde comer.
Llama a una puerta.
Le abren. Lo miran. Cierran.
Segunda puerta.
Lo mismo.
Tercera. Cuarta.
En cada casa a la que llama, le cierran la puerta con cortesía.
Una ciudad entera de judíos, noche de Sucot, y ni una sola sucá dispuesta a dejarlo comer en ella.
Vuelve a ver al Rebe, desconcertado.
El Rebe lo mira y le dice en voz baja:
—Es por orden mía. Nadie te dejará entrar en su sucá hasta que me devuelvas lo que te prometí.
En una mano, el Mundo Venidero que ya le habían prometido.
En la otra, una sola comida de fiesta en este mundo, y ningún lugar donde comerla.
Le devuelve al Rebe la promesa.
Sale.
Llama a la primera puerta.
La puerta se abre.
A la mañana siguiente, cuando toda la ciudad ya ha dicho la bendición sobre el etrog, Rabí Leví Itzjak lo llama y le devuelve la promesa.
—Tu parte es tuya —dice el Rebe—. Solo que no quería que la recibieras gratis.
Ahora que estabas dispuesto a renunciar a ella, de verdad es tuya.
Creo en ti,
Rabino Efraim Atia
