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Historias de tzadikim

El niño que juntaba estampillas

Un sobre viejo con una hilera de estampillas de colores sobre una mesa de madera; al lado, un paquete de cartas atado con hilo, un álbum de estampillas abierto, una lupa y estampillas desparramadas, bajo una luz cálida

Durante meses, alguien estuvo juntando para ese niño algo que él ni siquiera había pedido.

El niño no lo sabía. Sus padres tampoco.

Simplemente le encantaban las estampillas. Cada vez que encontraba un sobre viejo, despegaba la estampilla con cuidado. Y la guardaba.

Un día golpearon a la puerta.

Su madre abrió, y casi se queda helada.

Frente a la puerta estaba el rabino Shaj, de bendita memoria. El líder de la generación.

La mujer empezó a balbucear:

—Honorable rabino… ¿quiere pasar? ¿Le sirvo algo?

—No, gracias —sonrió el rabino—. Vine por su hijo.

Se le cayó el alma a los pies.

¿Por el hijo? ¿Qué habría pasado?

Ya empezaba a repasar todas las travesuras que puede hacer un niño.

Pero el rabino la tranquilizó:

—No se preocupe. No pasó nada.

Y entonces sacó un sobre grueso, lleno de estampillas.

Estampillas de todo tipo de lugares. Estampillas juntadas una por una.

La madre miró el sobre. Y no entendía por qué el rabino había venido hasta ahí.

El rabino siguió:

—Cada vez que paso junto a su edificio, veo a su hijo. Busca sobres viejos que alguien tiró, y les despega las estampillas.

—Sí —sonrió la madre—. Colecciona estampillas.

—Yo también me di cuenta —asintió el rabino.

Y agregó:

—Yo recibo cartas de todo el mundo. Así que empecé a guardarle las estampillas.

La madre bajó los ojos hacia el sobre. Y de pronto sintió un nudo en la garganta.

Cada una de esas estampillas era un momento en el que el rabino se había detenido a pensar en él.

Un hombre a cuya puerta golpeaba todo el pueblo de Israel – encontró tiempo para golpear a la puerta de un solo niño. Guardarle estampillas. Y tomarse el trabajo de traérselas hasta la casa.

Sobre la mesa quedó un sobre lleno de estampillas.

Y la madre no podía dejar de mirarlo. Incluso después de que el rabino ya se había ido.

El rabino Shaj pasaba junto al mismo edificio una y otra vez. Cuando uno pasa por el mismo lugar todos los días, por lo general deja de ver. Lo que se repite se vuelve paisaje.

Él no dejó de ver. Vio a un niño, y se fijó en lo que le gustaba.

Cuando hago mi camino de siempre, me pregunto:

Una pregunta para el camino

¿A quién me encuentro todos los días y todavía no vi de verdad?

Creo en ti,
Rabino Efraim Atia

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