El zapatero que casi fue

En el banquete que ofreció el Netziv de Volozhin para celebrar la impresión de su libro «Haamek Sheelá», un invitado preguntó:
—¿Por qué un banquete por un libro?
El Netziv contó.
De niño, era de los últimos de la clase. No recordaba, no captaba, no entendía.
Una noche escuchó tras la puerta a su padre decirle a su madre:
—Esperé toda mi vida que Naftali Tzvi creciera para ser un erudito de la Torá. Pero parece que no es para él. Que aprenda un oficio: que sea un buen artesano, un judío recto.
El niño entró a la habitación y pidió una oportunidad más.
Y se la dieron.
Años después, sentado a la cabecera de aquel mismo banquete, dijo el Netziv:
—Imagínense que me hubiera convertido en zapatero. Un buen zapatero, un judío recto, que aparta tiempo para la Torá entre puntada y puntada. Y después de ciento veinte años me preguntarían en el cielo: «Naftali, ¿dónde está tu Haamek Sheelá?»
Y no entendería en absoluto de qué me hablan.
Ese zapatero no habría sufrido. Por lo que tuvimos y se perdió, el corazón duele. Por lo que nunca existió, no hay ningún dolor que avise.
Y entre el rabino Naftali Tzvi y el zapatero recto hubo un solo momento pequeño: un niño que entró al cuarto y pidió otra oportunidad.
Por eso, aun cuando me parece que todo está bien, a veces me detengo y me pregunto:
¿Qué hay en mí que todavía no tuvo su oportunidad?
Creo en ti,
Rabino Efraim Atia
