La fuga perfecta

Theodore, de veinte años, sabe una cosa importante: para ese puesto en el banco, y solo para ese puesto, no toman huellas digitales.
Lo eligió por eso.
Hace meses que les cuenta a los amigos sobre la película que vio una y otra vez — sobre el hombre que entra, toma, y sale, como si así de simple uno pudiera desaparecer.
El once de julio de 1969, Theodore entra al banco. Unos minutos después ya está saliendo, con una bolsa de papel.
Adentro: doscientos quince mil dólares.
No corre. Correr llama la atención. Simplemente sigue caminando.
Lo buscan. La familia, los amigos, todo el que pudiera decir adónde desapareció el muchacho de veinte años. Pasa un año. Y otro año. Y otra década.
Y Theodore desapareció, como si nunca hubiera existido.
Pero existía. Solo que ya no se llamaba Theodore.
Se eligió un nombre nuevo. Thomas.
Thomas se casa, cría una hija, vende autos, juega al golf. Cada fin de semana se para al costado de la cancha y alienta a su hija.
La hija crece. Conoce a su padre. O al menos, cree que lo conoce.
Cincuenta y dos años. Ni su esposa, ni la hija, ni una sola de las personas que encontraba cada día — nadie lo supo. Y quizás también él, ya casi lo había olvidado.
Y entonces llegó marzo de 2021. Los médicos dijeron que le quedaban semanas. Cáncer de pulmón.
Una noche está sentado en casa con su esposa y su hija. En el televisor pasan una serie de suspenso — sobre gente que escapa, y sobre gente a la que al final atrapan.
Thomas las mira, y dice:
“Tuve que cambiarme el nombre cuando me mudé aquí. Parece que todavía me buscan.”
Eso es todo. Sin interrogatorio. Sin policías en la puerta. Nadie siquiera le preguntó.
Dos meses después falleció. En el certificado de defunción dice: Thomas Randele.
En Cleveland, el expediente sigue abierto. Después de cincuenta y dos años, nadie lo encontró.
Pero Thomas ya no esperaba que lo encontraran.
Él se atrapó a sí mismo.
Con cariño,
Efraim Atia
