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De mi diario

Si sobrevives

Un shofar sobre una vieja tela de arpillera en la cubierta de un barco, junto a una taza de hojalata y una cuchara, y más allá de la baranda, el Carmelo y Haifa al atardecer

Rosh Hashaná de 5706, septiembre de 1945. En la cubierta de un barco rumbo a la Tierra de Israel hay jóvenes sobrevivientes, muchos de ellos de Auschwitz. En el horizonte, el Carmelo.

Chaskel Tydor saca de su bolsa de tela un pequeño bulto, envuelto en trapos.

Un año antes.

Rosh Hashaná de 5705, en un subcampo de Auschwitz. Chaskel, un prisionero veterano, es quien reparte a los prisioneros en los trabajos. Envía a un grupo a trabajar a un lugar apartado, para que puedan rezar allí, lejos de los ojos de los guardias.

No sabe que llevan algo consigo.

Al anochecer, cuando vuelven, uno de ellos le susurra: teníamos un shofar.

Lo tocamos.

Enero de 1945. Los rusos se acercan, y el campo es evacuado. Mañana sacan a todos los prisioneros a una marcha en la nieve. De noche se le acerca un prisionero, y le tiende un bulto.

“No voy a sobrevivir a la marcha,” le dice. “Si tú sobrevives, toma el shofar. Cuéntales que tocamos el shofar en Auschwitz.

Veinticuatro horas de marcha en la nieve. Después otro campo, Buchenwald. El bulto se queda en su pequeña bolsa, entre la taza y la cuchara. Día y noche.

En abril de 1945, Buchenwald es liberado.

Rosh Hashaná de 5706. En la cubierta, frente al Carmelo, Chaskel quita los trapos. Uno. Y otro más.

Dentro del bulto, el shofar.

Se lo lleva a la boca. Y toca.

Con cariño,
Efraim Atia