El "Aní Maamín" del vagón

Una noche negra.
Un tren largo corre en la oscuridad, vagones de madera cerrados, cientos de judíos apretados — y nadie sabe hacia dónde viajan.
En un vagón está sentado Reb Azriel David Fastag, jasid de Modzitz, hombre de plegaria y de melodía. El rostro delgado, los ojos cansados, y un corazón que todavía recuerda una sinagoga llena de luz y el canto de Shabat.
Susurra en su corazón los trece principios de la fe, y llega al principio número doce:
“Creo con fe completa en la llegada del Mashíaj.”
El cerebro le susurra: de qué estás hablando ahora, cuando solo se ve oscuridad.
Pero desde lo profundo del corazón sube una respuesta silenciosa: si aquí se apaga el “Aní Maamín” — qué es lo que queda, en realidad.
Ahí, dentro del vagón, empieza a entonar una melodía nueva para las palabras “Aní Maamín”. Una voz débil, ronca por el viaje, pero limpia.
Al principio lo escuchan solo los que están parados a su lado. Alguien gira la cabeza, otro abre los ojos, uno más se suma en un susurro — hasta que poco a poco la melodía se expande, y todo el vagón se llena de un “Aní Maamín” triste y creyente a la vez.
Cuando el canto se debilita, el jasid susurra entre lágrimas:
“Quien merezca salir de aquí con vida y llegue al Rebe de Modzitz con esta melodía — le doy la mitad de mi Mundo Venidero.”
Dos muchachos jóvenes escuchan esas palabras.
Un día, en pleno viaje, logran abrir una rendija, y saltan del vagón en marcha.
Uno muere en la caída. El otro se salva de milagro, atraviesa lugares y fronteras, hasta que llega con la melodía al Rebe de Modzitz.
Cuando el Rebe escucha el “Aní Maamín” que nació en el vagón de la oscuridad, rompe en llanto, y les dice a sus discípulos que una melodía así queda para las generaciones.
Desde entonces ese “Aní Maamín” se canta en sinagogas, en actos de memoria, y en el corazón de judíos que llevan consigo un dolor que no se olvida — y encuentran en él la fuerza para susurrar por dentro:
Aní Maamín. Yo creo.
Con cariño,
Efraim Atia
