Bajo la paja en Auschwitz

Si un nazi hubiera abierto la puerta del establo en ese momento, lo habrían fusilado ahí mismo.
El muchacho tenía 16 años. Hundido en la paja. Y en cualquier momento, alguien podía entrar.
Se escondía ahí para ponerse los tefilín.
Esto fue en Auschwitz.
Cada mañana los sacaban a trabajar en el establo de caballos de los nazis. Limpiar estiércol. Cargar bolsas. Cuidar los caballos.
Y dentro de todo ese infierno, había un judío que había logrado guardar en secreto un par de tefilín.
Ese par de tefilín pasaba de mano en mano, en silencio. Y cada judío que lo tocaba sabía que estaba arriesgando la vida.
Si los nazis atrapaban a un judío poniéndose tefilín, no había juicio. Ni advertencia. Muerte en el acto.
Ese muchacho era el rabino Sinai Adler, de bendita memoria. Había crecido en una casa de Torá.
Y cuando vio que un judío del campo tenía tefilín, le pidió:
“Déjame ponérmelos a mí también.”
Sabía que si lo atrapaban, podía ser su final. Pero había algo que le daba más miedo perder que su propia vida.
¿Dónde se puede siquiera poner tefilín en Auschwitz? Los nazis daban vueltas por todas partes.
Junto al establo había montones enormes de paja y heno.
Se metían bien adentro. Debajo de la paja.
Cada pequeño crujido les hacía saltar el corazón.
Y dentro de todo ese miedo, él se ató los tefilín sobre el brazo tembloroso.
Olor penetrante a estiércol de caballos. Paja que pincha el cuerpo. Y un chico de 16 años, cerrando los ojos.
Y susurrando:
“Shemá Israel.”
Cuando suena el despertador a la mañana, me viene a la cabeza un chico de 16 años, bajo la paja en Auschwitz.
Con cariño,
Efraim Atia
