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De mi diario

¿Por qué me llamo Efraim?

Una vieja puerta de madera cerrada en un callejón de Bagdad al anochecer; una luz dorada se filtra por la rendija e ilumina el escalón de piedra; cielo azul profundo y una palmera al fondo

Un muchacho de catorce años por las calles de Bagdad.
Un muchacho que ya se había alejado del camino en el que creció.

El pelo le creció. La ropa cambió. Los amigos cambiaron.

Y entonces, un día, en la calle, vio al Rav.
El Ben Ish Jai.

Y se estremeció.

Corrió a casa. Se afeitó el pelo largo, se cambió de ropa y salió.

Su madre le preguntó qué había pasado y adónde iba. Solo alcanzó a decir: “Voy a ver al Rav.”

En la casa del Rav le dijeron: “El Rav no recibe hoy.”

El muchacho ya se había dado la vuelta para irse.

Y entonces, desde dentro de la habitación, se oyó una voz:
“¿Efraim?”

El Rav pidió que lo hicieran entrar. El muchacho entró.

La puerta se cerró.

¿Qué se dijo allí?
Nadie lo sabe.

Pero cuando la puerta se abrió, salió Efraim.

Desde aquel día, los amigos de la calle no lo vieron más. Todo lo que había perdido en el estudio, lo recuperó. Año tras año.

Con el tiempo llegó a ser uno de los grandes sabios de Babilonia.

El Jajam Efraim HaCohen.

Fotografía del Jajam Efraim HaCohen: larga barba blanca, sombrero negro, mirada directa y serena

Jajam Efraim HaCohen, de bendita memoria

El 3 de Tishrei es el aniversario de su fallecimiento.

Él es mi bisabuelo.

Su hijo, el Jajam Rafael Cohen, fue mi abuelo. Su hermano, el Jajam Shalom Cohen.

Desde que conozco esta historia, vuelvo a esa puerta.

A ese muchacho de catorce años que entró en la habitación sin saber todavía quién iba a ser.

Y su nombre pasó a mí.

Con cariño,
Efraim Atia