No enviada, no firmada

Estados Unidos, julio de 1863. La guerra civil.
Después de la batalla de Gettysburg, el ejército del Sur se retiró hacia el río Potomac. El río había crecido y el paso estaba cerrado. El ejército tuvo que esperar, de espaldas al agua.
El presidente Abraham Lincoln esperaba que esta vez se pudiera decidir la guerra.
Pero el general George Meade no lanzó el ataque decisivo.
Pasaron los días. El agua bajó. El ejército del Sur cruzó el río y se escapó.
Lincoln se enojó.
Se sentó y le escribió al general una carta durísima. Lo acusó de haber dejado pasar una gran oportunidad y le advirtió que la guerra podía alargarse mucho tiempo más.
Terminó de escribir, dobló la hoja y la metió en un sobre. En el sobre escribió: «Al general Meade. Nunca enviada, ni firmada».
La carta apareció entre los papeles de Lincoln recién después de su muerte. Meade nunca la leyó.
La guerra duró casi dos años más.
Escribió todo lo que quería decir. Pero la carta se quedó con él.
Todos conocemos ese momento. Una discusión en el grupo de la familia, una noticia que enciende a todos, un amigo que dijo algo que no podemos dejar pasar.
Yo lo conozco bien. El mensaje ya está redactado en mi cabeza. Tengo argumentos, tengo pruebas, y quiero que el otro entienda que tengo razón.
Pero justo antes de enviarlo, me pregunto: ¿qué me importa más ahora, demostrar que tengo razón o cuidar lo que hay entre nosotros?
¿Hay una relación que estoy arriesgando, solo porque necesito tener razón?
Creo en ti,
Rabino Efraim Atia
